Autocuidado y aprendizajes colectivos

En esta nueva fase en la que nos encontramos, luego de casi un semestre de aplicación de las medidas de aislamiento obligatorio, de incontables restricciones a nuestras libertades, y de reiterados llamados al respeto de las profusas normas dictadas para intentar enfrentar los efectos generados por la propagación acelerada del Covid 19, la invitación a seguir aplicando las medidas de protección, por nuestra propia voluntad y no porque se nos impongan por las autoridades, pudiera correr el riesgo de caer en el vacío y de no encontrar mentes y espíritus dispuestos a escuchar y a atender el mensaje.
Sin embargo, desconocer dicha invitación sería insensato, a menos que queramos perecer absurdamente al primer descuido luego de estos largos meses de no salir a la calle, haciendo que este enorme esfuerzo se convierta en inútil. Ahora nuestro comportamiento ha de ser el fruto de una apreciación individual de la necesidad de responder solidariamente ante circunstancias excepcionales para salvar vidas, y del aprendizaje de mecanismos para cuidarnos colectivamente ante la imposibilidad de seguir manteniendo indefinidamente el aislamiento generalizado que se requirió para evitar el colapso del sistema de salud.
Mientras no sea posible el suministro masivo y en condiciones de igualdad de una vacuna, dependerá de cada uno de nosotros y de los cuidados que tengamos, que se evite o se produzca el contagio en nuestro entorno familiar y profesional, en el mercado al que acudimos, en el local comercial o el restaurante al que podremos ir desde ahora.
Por supuesto, para muchas personas la nueva situación no trae ningún cambio, pues por las funciones esenciales que cumplen, tanto ahora como durante el aislamiento obligatorio, se han visto forzadas a trabajar fuera de sus casas en condiciones precarias, como en muchos casos ha sucedido con el personal de la salud. El aprendizaje forzado que ellos han hecho debería servirnos a todos de ejemplo y de advertencia sobre lo que significa correr en cada gesto cotidiano el riesgo de infectarse.
De la misma manera debemos aprender de la experiencia internacional para dar prioridad a la financiación e implementación de un robusto sistema de rastreo de casos, que opere no en los discursos sino en la realidad, so pena de vernos muy rápidamente de nuevo confinados o enfrentando el desborde del sistema hospitalario que tanto hemos tratado de evitar.
Todas estas experiencias deberían servirnos también para tomar consciencia de la importancia de nuestras libertades y de que no podemos ni debemos acostumbrarnos a verlas limitadas, ni a olvidar que, en palabras de Javier Barnés, una de las principales lecciones que esta epidemia nos deja es la de que debemos tomarnos en serio los derechos fundamentales o nunca volveremos a la normalidad, o lo que sería peor, a una “normalidad” que los desconozca.
Igualmente convendría que nos sirva para valorar el funcionamiento acotado de los poderes públicos, aún en medio de una crisis, y de la importancia de exigir que se respeten los debidos equilibrios y sus límites, o habrá que entender que dentro de las víctimas de esta pandemia, deban contarse también los principios democráticos.

@wzcsg

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